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    Panenka
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La brisa del Atlántico ha decidido no hacer acto de presencia. En cambio, la bruma envuelve la bahía, la ciudad parece en calma desde la distancia. En una mañana húmeda y gris, con Montevideo aún desperezándose, un tango rompe la calma en el Estadio Olímpico. Desde los altavoces, la canción reverbera sus añejos compases contra el graderío, ajado por la constante exposición al clima. Un tercio del modesto coliseo está ocupado por aficionados, que sorben sosegadamente su mate para combatir el intenso frío del cemento donde están sentados. No es una mañana cualquiera en la Villa del Cerro, Rampla Juniors está a punto de saltar al terreno de juego.

Viejo Rampla, apelativo afectuoso por el que se conoce al club, está aún asimilando la amarga realidad de su reciente descenso e intenta adaptarse a las duras exigencias de la segunda división uruguaya, algo que no está resultando fácil ni para la institución ni para sus hinchas. Después de todo, estamos hablando de Rampla Juniors. El mismo Rampla Juniors que logró el campeonato liguero en 1927 y disfrutará de su centenario el 7 de enero de 2014, el mismo club que fue considerado el tercer grande tras los dos gigantes Peñarol y Nacional durante la primera mitad del siglo veinte. Pero más importante que su propio pasado, Rampla Juniors representa a un gran número de montevideanos que todavía creen que la esencia del fútbol de su país se encuentra en un humilde equipo de barrio.

En un país donde la mayoría de clubes disfrutan de poco respaldo, (cualquier uruguayo le dirá que el 90% de los seguidores de fútbol son acérrimos de Peñarol o Nacional), Rampla Juniors disfruta, dentro de sus limitaciones, de un apoyo notable y fiel, fuerte en comparación con otros equipos de la capital. El primer partido de la temporada contra Villa Teresa atrajo a dos mil aficionados, un número que superó la cifra total de todos los demás partidos de segunda juntos, y una entrada similar aguarda el comienzo del segundo partido en casa de la temporada frente a Torque.

Los dos equipos salen del túnel de vestuarios, el aplauso general se une al himno, oportunamente titulado Viejo Rampla. Los jugadores posan para la escasa prensa y el pequeño contingente de la barra brava agita las banderas rojiverdes, mientras las estrofas del tango recuerdan la ferviente tradición del club, elogiando su coraje, su resistencia y su negativa a entregarse al rival, comparándolo a la furia del mar.

“A menudo las vistas son mejores que lo que ocurre en el campo”, ríe un seguidor de Rampla, claramente acostumbrado a las decepciones.

El razonamiento, sin embargo, posee su lógica. El campo goza de un encanto singular, desde la grada uno puede advertir a gente escalando el muro del estadio para espiar el partido desde fuera, pequeños teros posándose sobre el césped, pescadores en la isla Humphreys, situada a pocos metros del estadio, y un barco pesquero anclado en tierra alentando al equipo desde uno de los fondos. En medio de la bahía, la inquietante Isla de las Ratas evoca el pasado; una vez fortificación militar, más adelante una base aeronaval, otras utilizada como lugar de cuarentena para combatir la propagación de la fiebre amarilla, y finalmente depósito portuario, ya abandonado. Montevideo y su puerto descansan en un segundo plano. De este modo, las vistas ofrecen al aficionado el recuerdo de los orígenes del club: Rampla Juniors nació en la Aduana.

El nombre de Rampla proviene de una calle colindante con el puerto llamada “La Marsellaise” conocida popularmente como Rampla, su nombre original hasta 1919. El equipo adoptó los colores rojo y verde tras la llegada de un barco portugués al puerto de Montevideo, emulando lo que realizó Boca Juniors en la otra orilla del Río de la Plata. A medida que el club fue creciendo en popularidad, empezó a desplazarse alrededor de la bahía, primero jugando en el distrito de La Aguada para luego asentarse de manera definitiva en la Villa del Cerro en 1919.

Encontrar una ubicación en la ciudad no significaba un logro menor, dada la abundancia de equipos de fútbol en Montevideo. La liga más antigua del continente disfruta en estos momentos de catorce equipos capitalinos de los dieciséis que la componen, por lo que puede ser fácilmente considerada como la ciudad del mundo con mayor número de clubes en una división de élite, y el número total de equipos profesionales se acerca a los treinta. Sorprendentemente, la mayoría de los equipos conviven a veinte minutos de distancia. Clubes como Progreso, Fénix, Liverpool, Bella Vista y River Plate han crecido alrededor del puerto, la bahía y los distritos cercanos de Prado y Sayago. El fútbol es un asunto muy serio en la ciudad; después de todo, el primer Mundial se celebró en tres estadios montevideanos en 1930.

En el barrio de Villa del Cerro estaban instaladas las cámaras frigoríficas para el almacenamiento de carne. Una vez en el Cerro, Rampla Juniors empezó a disputar sus partidos oficiales en el campo de fútbol del Frigorífico Swift, la compañía que gestionaba dos de las tres instalaciones de la zona. El distrito vivió una época dorada a medida que los frigoríficos se enriquecían gracias a las exportaciones hacia países enfrascados en la Primera Guerra Mundial y el período de posguerra. Los años de bonanza se prolongaron en el tiempo, y Rampla se vio favorecido debido a la boyante industria que no sólo enriquecía la zona, donde la práctica totalidad de los habitantes dependían del negocio cárnico, sino que también proporcionaba jugadores al club, que mayoritariamente residían en el Cerro y trabajaban en los frigoríficos. Esta circunstancia llevó, a su vez, a que los seguidores del equipo fuesen denominados “friyis”, una adaptación castellana de la palabra inglesa fridges, en clara alusión a la pujante industria.

En 1923 Rampla se trasladó definitivamente al campo donde hoy en día sigue disputando sus encuentros. John Miller, ávido seguidor de Rampla que más tarde acabaría siendo presidente honorífico de la institución, fue propietario del Varadero de la Villa del Cerro y cedió el terreno para que el club pudiera construir su nuevo estadio, con la única condición de llamar al nuevo recinto Estadio Nelson en honor al almirante británico. Inmigrante como tantos otros de la Villa del Cerro, la comunidad aportó una rica mezcla de británicos, españoles, italianos, judíos y europeos del este, cuyos descendientes son ahora seguidores de Rampla Juniors… y del Club Atlético Cerro.

El Club Atlético Cerro fue fundado en 1922 y supuso la primera piedra en el declive de Rampla. Cuenta la historia que directivos de Peñarol andaban preocupados por el auge de Rampla y presentían una amenaza a su hegemonía. Para contrarrestar la situación, realizaron un acercamiento a ciertos miembros directivos disconformes con la gestión de Rampla Juniors proporcionándoles la financiación necesaria para fundar otro club en la zona: C.A. Cerro.  Resultó ser un golpe maestro, ya que las lealtades se vieron divididas y Rampla se encontró de la noche a la mañana compitiendo por el poder, el reconocimiento y los éxitos de la zona con un nuevo y acérrimo rival. El Clásico de la Villa, el segundo derby en antigüedad de Uruguay tras el Superclásico, atestigua el desarrollo de esta rivalidad. En el día de partido los miembros de las familias del barrio comen juntos, y luego parten en direcciones opuestas, ya que es habitual que en la misma familia existan socios de ambos equipos. Para hurgar en la herida, las sedes de las dos entidades se encuentran en la misma vía, la Calle Grecia. Rampla ganó la liga en 1927, y disfrutó de unas décadas favorables, sin embargo, su avance quedó estancado; el daño estaba hecho. El declive del club pareció coincidir con el descenso de las exportaciones y el cierre de los frigoríficos, y ni Rampla Juniors ni la Villa del Cerro volvieron a ser los mismos.

En el descanso Rampla pierde dos a cero frente a Torque, un recién ascendido a la división de plata.
“Rampla es el mejor cardiólogo que existe, si tu corazón puede soportar un partido de este equipo, es que gozas de un buen estado de salud,” cuenta Edison Pérez, el entrenador del equipo de fútbol sala de Rampla, prefiriendo no lamentarse por las preocupantes señales que emite el conjunto.

Los ramplenses invaden el puesto de tortas fritas, alimento indispensable en el estuario del Río de la Plata. El olor a mar, comida y mate combina bien. Algunas parejas de jóvenes coquetean, los aficionados más viscerales ajustan las banderas contra las vallas para que luzcan mejor en la segunda parte, y los más veteranos del lugar escuchan el análisis del partido transistor en mano. Los comentaristas descansan en las cabinas de prensa, realizando apuntes sobre alineaciones en sus portapapeles antes de reanudar las enérgicas retransmisiones para las radios locales. Un vendedor de café deambula en la tribuna, portando un anticuado dispensador que recuerda anheladas tradiciones desaparecidas de los campos de fútbol europeos hace ya mucho tiempo. La tribuna principal del estadio también es de cemento y luce unos característicos asientos en forma de butacas. Las gradas y las vigas de madera desaparecieron hace mucho tiempo, siendo sustituidas por hormigón en 1966 tras un descomunal esfuerzo por levantar y picar las rocas existentes. El nuevo apodo no tardó en propagarse, y los aficionados fueron bautizados como Picapiedras. Los simpatizantes de Rampla han recibido con cariño este mote, hasta tal punto que enarbolan orgullosos banderas con imágenes de Pedro Picapiedra.

El descanso permite al secretario general del club Miguel Aguirre Bayley que describa a los incondicionales de Rampla Juniors. “A pesar de una ubicación idónea y de su esplendoroso pasado, la Villa del Cerro es un vecindario humilde, honesto, de clase trabajadora”. El señor Aguirre, ávido historiador de Rampla que ha escrito un libro sobre la rivalidad con Cerro, recibe, como todos los empleados, ninguna remuneración del club, lo que constituye un claro acto de amor hacia los colores de Rampla. Sus conocimientos sobre los rojiverdes no tienen límite. “El cincuenta por ciento de picapiedras son de acá, el resto proviene de otros barrios de Montevideo.”  El hecho de que Rampla se estableciera al otro lado de la bahía y luego se trasladara de una parte a otra ha permitido que se sembraran lealtades por toda la ciudad. Los descendientes de aquellos primeros aficionados que cruzaban la bahía en barcas a vapor y amarraban las embarcaciones en el varadero junto al estadio aún siguen desplazándose hasta el Olímpico. El actual nombre del recinto surgió en 1980 para satisfacer los deseos de otro devoto picapiedra, patrocinador y socio honorario del club, el capitán de buque griego Panagiotis Tsakos, que propuso rebautizar el estadio como la montaña espiritual de su tierra natal.

El viento se levanta, y los más veteranos vaticinan su influencia en el devenir de la segunda mitad. Algunas veces, en los días de partido, el sol de la tarde ilumina apaciblemente la bahía, pero a menudo jugadores y espectadores han de soportar vientos implacables y rigurosas condiciones atmosféricas que no sólo intervienen en el juego, sino que cobran su precio sobre el vetusto estadio. Justo antes del comienzo de la temporada, parte del muro que separa el terreno de juego del mar se derrumbó a causa de fuertes tormentas. Maltratado durante más de ochenta años por el exigente clima atlántico, el magullado y maltrecho templo ramplense irradia nostalgia.

Pocos presagiaron la caída cuando Rampla Juniors se convirtió en el primer equipo uruguayo en ganar en territorio británico, derrotando tres a uno al Portsmouth durante un tour europeo en 1956. Nadie concebía el declive de uno de los dos únicos clubes en aportar jugadores a la selección uruguaya en los campeonatos en los que se coronó campeón, el oro olímpico de 1928 y las Copas del Mundo de 1930 y 1950. Pedro Arispe, el indio, ganó la medalla de oro en Amsterdam, el cancerbero Enrique Ballestero sólo recibió tres goles durante el Mundial de 1930 celebrado en casa, y William Martínez estuvo siete temporadas en Rampla y formó parte de la plantilla del Maracanazo. Entonces, ¿qué ha salido mal en Rampla? Los años 70 resultaron funestos, transitados en su totalidad en la segunda división, enterrando toda  estabilidad deportiva lograda con anterioridad. Desde entonces ha sido una constante lucha, el descenso del último verano ha sido el tercero desde 1981. Tampoco es fácil vivir a la sombra de Peñarol y Nacional. Banderas de los dos equipos proliferan en los mercadillos, bares y tiendas de la ciudad. Numerosos grafitis delimitan el control territorial y los residentes, orgullosos, presumen de sus gustos futbolísticos colgando banderas de su equipo en las ventanas de sus apartamentos.

“Cuando quieren saber de qué equipo soy, yo digo Rampla, y siempre me preguntan cuál es mi segundo equipo, Peñarol o Nacional”, explica un joven seguidor, aburrido de recibir la misma pregunta pero encantado de dar la misma respuesta. “Yo siempre les digo que mi segundo equipo también es Rampla, algo que, simplemente, no comprenden.”

¿Y qué le depara el futuro a Rampla Juniors?

“Nos hemos dado cuenta que para garantizar la subsistencia del club, debemos adoptar una estrategia de apostar por jóvenes jugadores que inevitablemente serán vendidos a equipos más poderosos, pero que a la larga asegurarán la supervivencia económica del club” explica Edison Pérez. “Poco a poco vamos introduciendo una política de cantera con la que los aficionados se van a sentir identificados, y hemos inaugurado una nueva ciudad deportiva, el Complejo Picapiedra.”

El partido finaliza con una improbable remontada de Rampla y un empate a tres en el marcador. ¿Una premonición? El retorno a la primera división para coincidir con el centenario del club es la obsesión de todos, pero el club es consciente de la ardua tarea que implica recuperar su legítimo lugar en el campeonato.

El estadio se vacía; un perro solitario pasea por el graderío, los últimos simpatizantes pliegan las banderas y un hombre de mediana edad cruza la entrada principal, colina arriba en dirección al Cerro, con un inconfundible polo rojo y jersey verde. Historias del pasado y del presente del club han contribuido a forjar el fútbol montevideano, y como en todo club modesto, el particular sentimiento de sus aficionados es lo que hace especial a Rampla Juniors, su razón de ser.

Asemejándose a un barco encallado, el Estadio Olímpico recita los versos de Adolfo Oldoine, prestigioso periodista y comentarista de fútbol en los años 40 y 50, quien sintió la necesidad de dedicar el poema Rampla…! al club en 1943:

Una cancha que sabe de cantos marineros
que se escapan volando del viejo varadero
y se van con las olas…
En la noche, dormida, la cuida la Farola
y el sol la encuentra siempre tiritando de frío,
con líquidos diamantes de gotas de rocío!
Una cancha de fútbol cerquita de la orilla,
y el Rampla, para siempre, gloria de la Villa!

Y es que si el estadio hablara, nunca se le acabarían las historias por compartir.

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